Seguiremos informando

, , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , (coord.)

Los 25 periodistas galardonados con el Premio Cirilo Rodríguez nos ofrecen, a lo largo de estas páginas, una de sus crónicas más famosas, acompañadas de un perfil escrito por personalidades del mundo de la prensa. Todo ello introducido por diversas reflexiones sobre los cambios que ha sufrido la profesión a lo largo del siglo XX y las perspectivas de futuro.

Autores: Tomás Alcoverro, Guillermo Altares, Pedro Altares, Javier Arenas, Juan Jesús Aznárez, Pilar Bonet, Rosa María Calaf, Evaristo Canete, Diego Carcedo, Juan Cierco, César Coca, José Virgilio Colchero, Javier Espinosa, Juan Fernández Elorriaga, Alfredo García Francés, Enric González, José Antonio Guardiola, Joaquim Ibarz, Beatriz Iraburu, Fernando Jáuregui, Ander Landaburu, Manuel Leguineche, Ramón Lobo, José Luis Márquez, Aurelio Martín, Javier Martín DomínguezMaría Dolores Masana Argüelles, Enrique Meneses, Román Orozco, Arturo Pérez-Reverte, Javier del Pino, Carmen Rigalt, Ángela Rodicio, Nemesio Rodríguez López, Vicente Romero, Felipe Sahagún, Ferrán Sales, Gervasio Sánchez, Fran Sevilla, Hermann Tertsch y Rosa Torres Pardo.

Colección
Fuera de Colección
EAN
9788483194881
ISBN
978-84-8319-488-1
Páginas
344
Ancho
13,5 cm
Alto
21 cm
Fecha publicación
24-02-2010
Número en la colección
16
Edición en papel
20,01 € Añadir al carrito

Aurelio Martín

  • Aurelio Martín

    Con bastantes años en esto del periodismo —una de sus primeras entrevistas publicadas fue al director de cine Carlos Saura, en 1973, y aún vestía pantalón corto— mantiene la vocación y la inquietud como para seguir avanzando con los tiempos. Actualmente está al frente de la dirección de Desarrollo de El Adelantado de Segovia, donde ha ocupado diversos cargos en el área informativa. Máster en Periodismo Digital y en Comunicación Corporativa e Institucional Web 2.0 por la Universidad de Alcalá de Henares, desde la presidencia de la Asociación de Televisiones Locales impulsó la puesta en marcha de estos medios de comunicación en España y ha trabajado con Pretesa (Grupo Prisa) en la creación de Localia. Corresponsal de El País y colaborador de diferentes medios, como la Agencia Efe. Premio del Club Internacional de Prensa en Televisión, entre otros galardones, es habitual en conferencias y mesas redondas sobre comunicación, ahora centrado en el fenómeno de Internet, y como comentarista de actualidad en Televisión de Castilla y León (cyl7). Coordina la organización del premio de periodismo Cirilo Rodríguez para corresponsales o enviados de medios españoles en el extranjero, que convoca cada año la Asociación de la Prensa de Segovia. Ha dirigido el documental Cronistas del planeta, relacionado con los veinticinco años de este galardón.

    Ver más sobre el autor

Tomás Alcoverro

  • Tomás Alcoverro

    El joven Telémaco

    Tomás Alcoverro y yo arrastramos desde hace décadas una discusión: establecer qué día o cómo nos encontramos. Él asegura que me conoció una tarde en la que me vio entrar en la sección del Extranjero en La Vanguardia, con pantalones bombachos y calcetines largos. Aunque no sirve de nada explicarle que aquél no era yo, sino Tintín, lo cierto es que yo a él le descubrí por esa época, en que acababa de llegar de El Correo Catalán, el jefe de la sección le había dado una foto para que escribiera su correspondiente pie y sus compañeros de sección habían decidido bautizarlo con el apodo de “el joven Telémaco” —el hijo de Ulises y Penélope—.
         Tomás Alcoverro tenía entonces un aire de poeta herido, lo que le llevaba, por una parte, a colaborar en todos los suplementos literarios que alcanzaba su vista y, por otra, a tratar las cosas materiales de la vida con absoluto desprecio, lo que suponía dar patadas a su coche, un 2 caballos, cuando no quería andar, y a alimentarse de cafés con leche en un cuchitril de la calle Diputación, esquina Rambla de Cataluña.
         Tomás Alcoverro y yo volvimos a encontrarnos en la Facultad de Derecho de Barcelona, donde yo entraba como activista-estudiante y de la que él salía como profesor adjunto de Derecho Internacional Público en la Cátedra de Pérez Vitoria. Por aquella época él ya había peregrinado a París, con ocasión de la revuelta de mayo. En el semanario que dirigía se hablaba sobre todo del “Mayo del 68” y del “despertar de África, Argelia”.
         Volvimos a coincidir a principios de la década de los años noventa en Argel. Él llevaba sobre sí una larga carrera como corresponsal de La Vanguardia en Oriente Medio, basado en Beirut, con un corto sobresalto de dos años en París. Nuestro reencuentro fue tan emotivo, que aquella noche nos olvidamos de que había toque de queda y continuamos hablando mientras paseábamos por el paseo de la Corniche, al pie del hotel Atleti. Nadie se atrevió a decirnos nada.
         Nos hemos vuelto a encontrar siempre: en Iraq bajo las bombas; en el Kurdistán cuando no entraba casi nadie; en medio del caos del entierro de Arafat; una y otra vez en Líbano, Siria, Jordania, Jerusalén, El Cairo, pero sobre todos nos encontramos a menudo en el salón de su casa de Barcelona, que es como la antesala de su corazón. El próximo 4 de noviembre, San Carlos Borromeo, Tomás Alcoverro volverá a cumplir 28 años. Le llamaré adonde sea para felicitarle. Él, invariablemente, al oír mi voz, responderá: “Querido amigo...”.

    Ferrán Sales

    Ver más sobre el autor

Juan Jesús Aznárez

  • Juan Jesús Aznárez

    De infierno en infierno

    La noche del 8 de mayo de 1992, mientras sus colegas cenaban cochinillo en Segovia, Juan Jesús Aznárez salía de un infierno para meterse en otro. Atrás dejaba Kabul, donde hacía pocos días los talibanes habían consumado su victoria sobre el régimen prosoviético.
         Los muyahidines patrullaban las calles de la capital afgana. La dictadura comunista iba a ser sustituida por la intransigencia religiosa islamista, escribía Aznárez dos días antes de ser premiado. Se había echado a la calle para contarnos cómo se vivía el cambio de régimen. El burka y la ley seca imperaban en la capital. Los tenderos de la calle del Pollo habían dejado de vender vodka por miedo a las represalias.
         Cuando el día 9 aterrizó en Manila, Juanje escribió su primera crónica sobre la jornada electoral del día siguiente: “Filipinas decide mañana quién sucede a Corazón Aquino al frente del Gobierno de este archipiélago donde más de 100.000 niños se prostituyen o vagabundean por las calles de sus principales ciudades”.
         El jurado del Cirilo Rodríguez tuvo en cuenta aquella cita ineludible para darle el premio, aunque el premiado no estuviera presente en Segovia.
         Había conocido a Juanje en Washington en 1984. Era nuestro primer destino en el extranjero. Él había llegado de Bilbao, donde había sido delegado de Efe en el País Vasco. Nacido en Pamplona en 1949, inició su carrera en la agencia española en 1976, después de estudiar periodismo en la Universidad de Navarra. Vivió los años duros del terrorismo etarra, con más de 100 muertos por año.
         Ya no dejaría de moverse por el mundo. Después de Washington, La Habana (1985-1989), donde aún se recuerdan sus galopadas en moto por la Quinta Avenida. Pero sobre todo se recuerda su calidad profesional y humana.
         El País lo ficha y lo envía a la primera guerra del Golfo de 1991. Su amigo Manu Leguineche sigue la contienda desde Bagdad y se queja de que a los periodistas les exijan la prueba del sida para acreditarse. Juanje está en el bando contrario y protesta por la censura a la que se ven sometidos los reporteros “por los comisarios políticos estadounidenses”.
         Tras la contienda, en la que, como nos contará Aznárez, se lanzan 100.000 bombas en 100 días, es nombrado corresponsal para Asia con sede en Japón, donde permanece hasta 1994.
         Sus crónicas reflejarán el infierno en el que viven millones de personas en aquel continente. Periodista de calle más que de salón, nos estremece, por ejemplo, cuando narra la vida en el campo de refugiados kurdos de Istkveren, “un velorio mugriento y miserable, en el que la pestilencia ahoga y asquea aunque sus habitantes se espantan más con el recuerdo de Sadam Husein”.
         Aquella crónica fue fechada poco antes de su paso por Kabul y Manila. Todas ellas merecían el premio que recibió la noche del 8 de mayo del siguiente año. Lo mismo que las que siguió escribiendo desde sus nuevos destinos: Buenos Aires, México, América Central o Madrid.
         Juanje saltaba de infierno en infierno, pero sin perder el equilibrio. Aunque los tres accidentes de moto que ha sufrido parezcan indicar lo contrario.

    Román Orozco

    Ver más sobre el autor

Pilar Bonet

  • Pilar Bonet

    Una excepción que se comprende

    Pilar Bonet nació en Ibiza, en 1952. Se licenció en Filología Hispánica y Ciencias de la Información en Barcelona. Simultaneó sus cursos universitarios con el aprendizaje del alemán, el ruso y el inglés. Más tarde estudiaría francés y adquiriría nociones de árabe y ucraniano.
    Empezó en dos diarios de su tierra, Baleares y Última Hora, y, en los primeros tiempos de la transición, se embarcó en UC, un semanario intrépido que duró nueve meses, lo que tardaron los anunciantes en asustarse. Entonces entró en El Periódico.
         Saber alemán le permitió incorporarse a la corresponsalía de Efe en Viena, ciudad desde la que se informaba sobre Europa del Este. Era 1980 y el sindicato Solidarnosc se aprestaba a entablar el pulso pacífico que acabaría desalojando del poder al régimen comunista polaco y que precipitaría el fin de los poderes totalitarios en Europa del Este. Bonet se empleó a fondo en esta primera gran crisis que le tocó cubrir. En 1982, El País le ofreció trabajo en Madrid y, al año, le encomendó la apertura de la corresponsalía de Moscú.
         Llegó a la capital de la URSS con Yuri Andropov moribundo y Konstantin Chernienko a punto de convertirse en el intervalo previo al ciclón Gorbachov. Bonet —personas que le son cercanas la describen como imaginativa, hiperactiva, trabajadora, leal, de genio vivo— siguió los avatares del derrumbe de la Unión Soviética siempre que le fue posible en directo, entrevistando a todo el que se movía, estudiando y reflexionando. Su labor obtuvo en 1989 el premio del Club Internacional de Prensa y, en 1990, el Víctor de la Serna. En 1997 recibió el Cirilo Rodríguez.
         A los cuatro años de llegar a la capital rusa publicó una guía, Moscú, y, entre 1990 y 1991, recogió material para Imágenes sobre fondo rojo. Estampas de la crisis soviética, un libro articulado en torno a personajes de carne y hueso como Gulaita Esmuratova, “la esposa del académico Kamálov, que pacientemente borda a punto de cruz el rostro del poeta Pushkin, mientras critica la bigamia que practican algunos de los hombres más respetados de la localidad”. Esmuratova, los mineros de Vorkuta en el Círculo Ártico, o Alexander Men, un pope ortodoxo de origen judío asesinado a hachazos a los cuatro días de hablar con ella, son algunos de los personajes a través de los cuales se perciben las distintas herencias históricas, esperanzas, confusión, miedos, ilusiones, certidumbres o resistencias que coexistían durante la descomposición de la Unión Soviética. En 1994 publicó un tercer libro, Yeltsin, un provinciano en el Kremlin.
         Para 1997 había viajado miles de kilómetros en circunstancias a veces penosas; había hablado con miríadas de personas; había presenciado y contado los cambios más trascendentes sobrevenidos en aquella parte del mundo dese 1917. Necesitaba tomar distancias. Aceptó la corresponsalía de Bonn. Pasó cuatro años en Alemania, los dos últimos en Berlín. En 2001 volvió a Moscú. Rusia, y buena parte de las otras catorce ex repúblicas soviéticas —países independientes desde hacía una década y, formalmente, demócratas— sufrían despotismos más o menos camuflados y versiones particularmente crudas del capitalismo. Personas que ella valoraba se habían adaptado demasiado bien a ese estado de cosas, mientras otras habían pagado, o acabarían pagando, precios exorbitantes por su rectitud insobornable, como su amiga Anna Politkóvskaya, asesinada en octubre de 2006.
         Estamos a finales de 2009 y Pilar Bonet sigue en Moscú, capital del país más extenso del planeta —17.075.200 de kilómetros cuadrados, unas 34 veces España—, desde donde, con ayuda de Rodrigo Fernández, cubre además once repúblicas limítrofes. El País tiene por norma cambiar a los titulares de las corresponsalías cada cuatro o cinco años, pero con ella ha hecho una excepción. Se comprende.

    Beatriz Iraburu


    Ver más sobre el autor

Rosa María Calaf

  • Rosa María Calaf

    Fue periodista de RTVE, nacida en Barcelona en 1945. Se licenció en derecho por la UB y periodismo por la UAB. En el año 2008 fue investida doctora honoris causa por la Universidad Rovira i Virgili de Tarragona. Ha sido hasta fechas recientes la corresponsal más veterana de TVE, con 37 años de labor periodística a sus espaldas. Su último trabajó como corresponsal para TVE fue en la región Asia Pacífico. Anteriormente había sido corresponsal en Moscú, Viena, Buenos Aires, Nueva York, Canadá y Roma. Asimismo fue directora de programación de TV3 en 1983.

    Ver más sobre el autor

Evaristo Canete

  • Evaristo Canete

    Rey del plano secuencia

    Con un ojo ve en color y con el otro en blanco y negro. Y, además, ve dos mundos diferentes. Así es Evaristo Canete. Un ejemplar único.
         Hace ya varias primaveras viajamos a un centro de acogida de niños huérfanos en Mozambique. La monja española nos presentó a un crío que pronto iba ser adoptado por un empresario valenciano. Canete se acercó a él con el armatoste al hombro. Con su ojo empotrado en el visor en blanco y negro de la cámara enfocaba al protagonista del reportaje. Con su ojo en color, al chaval desamparado que aguardaba la llegada del mesías español.
         —¿Cómo te llamas? —le preguntó con su ojo en color.
         —Juan —le respondió inseguro el niño—. ¿Y tú?
         —Evaristo… Pero no es culpa mía. Fueron mis padres.
         Juan sonrió. Había perdido a su familia en unas inundaciones. Tenía una historia dura, aunque tampoco mucho más dura que la de millones de niños africanos. Nos encariñamos del chaval y él también de nosotros. Tanto, que al intentar despedirnos se colgó gimoteando del vaquero de Canete. No había manera de despegarlo. Hicimos de tripas corazón, le dimos esquinazo y nos largamos… En eso, somos especialistas los periodistas.
         Y en el viaje de vuelta a Maputo le escuché musitar al Canete: “Cuánto me alegro de haber nacido en San Adrián”. Eso sí que lo pensó con el ojo a colores. Joder, qué frase. Y dicha con ese tono suyo navarro sonó aún más contundente.
         Ese cuánto me alegro de haber nacido en San Adrián se lo he escuchado después decenas de veces. Nos ha servido de himno en muchos de nuestros viajes: mientras nos arrojaban piedras las abuelas pinochetistas en la comuna de Providencia del Santiago chileno; y bajo el estruendo de los misiles high-tech que surcaban el cielo de Basora; y en el desierto de Etiopía ante niños famélicos de vientres casi tan orondos como el suyo; y mientras velaba mi hospitalización en Kabul... Cuántas veces nos hemos alegrado de haber nacido en San Adrián…
         Vital. Simpático. Corajudo. Amigo de frases demoledoras. Canete es tipo de pocas palabras. Las justas. Y algunas de ellas, más que pronunciarlas, las gruñe. Pero es un dulce gruñón.
         Hombre pulcro como pocos. Hasta en la más árida de las guerras amanece ya afeitado y oliendo a la colonia ésa del barquito de corsarios. Lector voraz y exquisito en la mesa. De cada pueblo de España guarda, al menos, dos recuerdos: uno de ellos, el restaurante en el que mejor se come. El otro, queda amparado por el secreto de la amistad.
         Y por encima de todo, Canete es un gran reportero. Huele las verdaderas historias a kilómetros. Fino como ninguno con su ojo en blanco y negro. Escrupuloso con cada plano, con cada imagen, con cada movimiento… Es el rey del plano secuencia cámara al hombro. Arranca enfocando a Fulano y su ojo de colores busca ya a Mengano. Le deja hablar. Sus pies de bailarina del Bolshoi se deslizan sobre el barro y, a la vez, alza la cámara para descubrir a Zutano con su hijo. Y al fondo descubrimos su casa y, en el umbral, a la señora del tal Zutano y al resto de la prole… Qué maestro. Y todo enfocado y encuadrado. Mi reto siempre fue ponerle palabras cuerdas a tanta genialidad.
         Cuentan que del ojo multicolor saltaron algunas lágrimas durante la agonía de la pequeña Omayra. Nunca se lo he preguntado. Me da igual. De él sé que tiene la sensibilidad justa del buen reportero. Ni más, ni menos. La sensibilidad que te permite contar bien las buenas historias. Y tiene, a la vez, el arrojo suficiente para aguantar firme, sin dar un paso atrás, hasta que el olfato le recomienda dar media vuelta y así para poder contar esa historia. Ése fue, siempre, nuestro mejor chaleco antibalas.

    José Antonio Guardiola

    Ver más sobre el autor

Diego Carcedo

  • Diego Carcedo

    El niño que quería ser pájaro

    De niño, José Manuel Diego Carcedo (Cangas de Onís, 1940) quería ser pájaro y estudiar para boticario. Por suerte, tanto para el periodismo como para la medicina, nunca emprendió aquella temprana vocación farmacéutica. Pero su primer sueño se realizó plenamente. Y de pájaro desarrolló hasta el perfil, con altos y largos vuelos a lo largo de toda su vida. Un ave que no lograron cazar los fusileros falangistas de la Prensa del Movimiento donde trabajó —como yo en Pueblo, el diario de los sindicatos oficiales— durante la última etapa del régimen franquista, desde su aprendizaje en La Nueva España hasta su maduración en Pyresa y Arriba. Las posiciones democráticas, incluso de izquierda, que siempre mantuvo Carcedo se hicieron evidentes en informaciones tan comprometidas como el golpe de Estado y la represión militar de 1973 en Chile. Pero las acusaciones de compañero de viaje de los comunistas, lanzadas por los funcionarios de la dictadura, quedaban siempre amortiguadas por el prestigio de su buen hacer profesional. Finalmente, serían sus crónicas y reportajes en TVE las que le darían el mayor prestigio y una enorme popularidad, primero como enviado especial por todo el mundo y después como corresponsal en Lisboa y Nueva York. Lástima que abdicara de su maestría en ambos oficios, cediendo a la tentación de gestionar los medios informativos. Cuando accedió a la Dirección de los Servicios Informativos de TVE —un puesto siempre difícil e ingrato—, se convirtió en mi jefe. Y me confesó que se moría de envidia cada vez que me firmaba unas dietas de viaje, sintiéndose amarrado a su sillón. Sin embargo, nunca volvió a los escenarios de tensión y, lejos de rectificar, continuó dedicándose al periodismo de despacho. Otra vocación que sentía de antiguo y ya había mostrado al presidir la Asociación de Corresponsales en Lisboa. Aunque menos brillante a los ojos del público, su balance presentaría logros como la creación de Radio 5, primera emisora española dedicada exclusivamente a la información, cuando dirigió Radio Nacional de España (RNE). Más sorda y política sería su larga actuación representando al PSOE en el Consejo de Administración del ente público. Pero nada haría que Diego dejara de escribir. Artículos de opinión, conferencias, libros de gran reportaje y, últimamente, ficción. Del reportero con prosa cuidada, que sabía describir con precisión el ambiente de las tragedias humanas más allá de los conflictos políticos, ha surgido tardíamente un escritor. Acaso porque las realidades que había vivido como periodista le resultaran demasiado duras o lejanas, o porque ya las hubiera narrado de forma inmediata, prefirió ambientar su primera novela (El niño que no iba a misa) en los escenarios de su infancia en Asturias. Reconocido con galardones tan importantes como el Cirilo Rodríguez, el Ondas o la Antena de Oro, sus viejos reportajes en blanco y negro han resistido el paso de tres décadas como lecciones del mejor periodismo (algunos, como los del final de la guerra de Vietnam, pueden verse en la web de Televisión Española, TVE). Lo que no puede consultarse —y queda en la memoria de quienes compartimos con él algunas situaciones de extrema tensión— es su comportamiento ético. Lo recuerdo en los días amargos del golpe militar en Chile, cuando escondió en su habitación del hotel Tupahue a Magali, secretaria del perro Olivares, muerto en La Moneda junto a Allende. Y podría contar sus actitudes solidarias en el turbulento Buenos Aires de la Triple A. O su constante empeño en ir un poco más allá en los inciertos frentes de Vietnam, consciente del riesgo preciso para retratar los horrores de la guerra. O su pulso medido para denunciar el terror del salazarismo desde los calabozos de agua de la PIDE, cuando el tardofranquismo miraba a Portugal con angustia. Ésas y tantas otras cosas hicieron de Diego Carcedo uno de los grandes reporteros, de los mejores cronistas de la prensa escrita y de los maestros que inventaron y perfeccionaron el modo de narrar en televisión.

    Vicente Romero

    Ver más sobre el autor

Juan Cierco

  • Juan Cierco

    Juan Cierco o el riesgo de las palabras

    En Jerusalén vivía en una hermosa casa, de una recoleta calle de bello nombre Heleni Hamalka, en el barrio de los judíos magrebíes, muy cerca de la antigua ciudad amurallada.
         Por una cancela se penetraba, bajando unas escaleritas, a un cuidado y pequeño jardín. En este plácido ambiente donde se confundía la vivienda familiar con la oficina, Juan Cierco, su esposa Nuria y sus dos hijitos, que llamaba con ternura “enanos”, fueron felices.
         Verle trabajar era aleccionador. “Hola, hola”, repetía la palabra dos veces al descolgar el teléfono. Juan iba haciendo su artículo pendiente siempre de los flashes en la pantalla del ordenador, de la radio y de la televisión encendida o al habla con sus comunicantes, ya fuese en Jerusalén o en Madrid. En este agradable ambiente ejerció con valentía y brillantez su corresponsalía que tantos odios y resentimientos provocó en algunos ambientes israelíes. Amenazado y calumniado, nunca cejó en su tarea de informar, contando con el apoyo de la dirección de su periódico al que, a menudo, llegaban quejas oficiales de los diplomáticos del Estado judío.
         Cierco tenía gran capacidad de trabajo. Atendía a la televisión, mandaba crónicas por radio, volvía a sentarse en la mesa para continuar escribiendo su crónica. En Jerusalén, en Oriente Medio, alcanzó un gran prestigio. Anteriormente había sido corresponsal en Moscú, y ya tenía en su haber magníficos reportajes de la guerra de Chechenia. Cuando, joven, obtuvo el Cirilo Rodríguez, se sintió colmado de ilusión. Después de trabajar veinte años en ABC como redactor, como corresponsal, como subdirector, fue nombrado director general de Información Internacional en la Secretaría de Estado de Información, cargo que también había desempeñado otro gran corresponsal y amigo, Javier Valenzuela.
         Entre sus muchas crónicas, recuerdo la que escribió en el verano de 2006, titulada “La artillería israelí mata a una familia que pasaba un día en la playa”, de la que entresaco estos párrafos: ”Día de playa, muertes, entierros y bombardeos en Gaza. Bombardeos de la artillería israelí desde ese mismo mar del que intentaban disfrutar las familias de Yabalia, del deprimente campo de refugiados del norte de la franja”.
         En el año 2003 editó un libro de entrevistas de hermoso título: Palabras entre balas y piedras. Son textos de diálogos con palestinos e israelíes que, además de suponer un gran esfuerzo para conseguirlos, ofrecen, por encima de las peripecias del tiempo, un amplio coro de voces de este conflicto interminable. “Con el ejército más poderoso del Oriente Medio —le dice Mahmud Darwich, glosando la frustrada tentativa de enseñar la literatura palestina a los escolares del Estado judío—, Israel tiene miedo a un poema. En Israel existe una industria del miedo que parecen necesitar los judíos para sobrevivir. Espero que las nuevas generaciones sean capaces de vencer este miedo.”
     

    Tomás Alcoverro

    Ver más sobre el autor

César Coca

  • César Coca

    Doctor en Periodismo por la Universidad del País Vasco y licenciado en Ciencias de la Información y en Ciencias Políticas y Sociología, en ambos casos por la Complutense de Madrid. Toda su carrera como profesional del periodismo ha transcurrido en El Correo, donde comenzó a trabajar en 1978. En la actualidad es adjunto a la dirección y se dedica a realizar reportajes y entrevistas relacionados con los temas de Cultura y Sociedad. También es profesor de Periodismo en la Universidad del País Vasco (UPV/EHU), donde imparte clases desde 1980, y en el Máster de Periodismo de El Correo y la UPV/EHU. Ha escrito, solo o en colaboración, una decena de libros

    Ver más sobre el autor

José Virgilio Colchero

  • José Virgilio Colchero

    Pero ¿cómo no querer a Pepe Colchero?

    Es imposible no querer a Pepe Colchero. Tiene el aspecto de ser incapaz de matar una mosca, de no enterarse de que el mundo es bastante malvado, de que el planeta gira para devorarnos un poco cada día. He dado con él, o quizá contra él, un par de veces la vuelta al mundo en mucho menos de ochenta días. He compartido sus charlas interminables en asientos contiguos a Buenos Aires, a Australia, a Singapur. Hemos experimentado juntos cómo el rey pilotaba un avión, en el que viajábamos, sobre las montañas del Tíbet y él, que todo lo había visto ya un montón de veces, se asomaba a la relativa novedad con ojos de niño: “Yo vengo a poner el termómetro y ver cómo está ahora la temperatura aquí”, decía, y quizá aún dice, al llegar a Beirut, a Estocolmo, a Ginebra, a Rabat, viajero impenitente ahora de la mano de Evelyn, su querida, imprescindible, Evelyn (pero ¿cómo diablos consiguió viajar tantos millones de kilómetros sin ella?).
         A Pepe Colchero le hicimos muchas putadas los alegres compadres de los viajes de Adolfo Suárez —cuando se inventó aquello del “cuello de botella del estrecho de Ormuz”—, de Felipe González, del rey. De Paco Fernández Ordóñez, inolvidable Paco. Estaban Pepe Oneto, Javier Fernández Arribas, Víctor Steinberg, a veces Pilar Cernuda, y otros que recuerdo y no cito y algunos a los que no cito porque no les recuerdo ahora. Los más frívolos de todos le escondíamos los zapatos que inevitablemente se quitaba para escribir interminables crónicas en el teletipo —artilugio del pleistoceno superior que servía para enviar mensajes al otro lado del mundo—, intentábamos embromarlo diciéndole que habíamos quedado en esquinas inverosímiles de Damasco con Yasir Arafat. Era inútil: ni se desesperaba ante la amenaza de pasar la velada descalzo, ni se creyó jamás ninguna de nuestras “cuchufletas”, aunque algún colega más joven sí que picó ocasionalmente y acudió a las inexistentes citas con el líder palestino.
         Pepe no bebía, ni se iba de farra, ni trataba de ligar con las compañeras, ni arriesgaba en apuestas informativas que no tuviese muy bien consolidadas; demasiada experiencia. Era uno de esos tipos íntegros, con el disco duro lleno, capaz de explicarte la genealogía de aquel encargado de la gasolinera a la salida de Bagdad o las preferencias en martinis de Giulio Andreotti (suponiendo, claro, que el viejo carroza alguna vez se haya tomado un Martini).
         Cierto, a veces cometíamos la insensatez de no escucharlo, de cansarnos con su memoria de enciclopedia británica: un error más, propio de lo que Alberto Míguez, otro que tal, llamaba, con mucha coña, “bazofia reporteril”. Ahora Míguez ya no está, y la alegre muchachada se ha dispersado, y los nuevos no son, nunca lo son, lo mismo. Yo creo que casi nadie sabía más que Colcherito, que siempre había pateado ya lo que otros recorríamos por primera vez. Ahora, todos saben, sabemos, menos.
         Luego nos dijeron que se había retirado algo, que había estado algo enfermo. Los periódicos ya no son lo que eran y muchos de nosotros nos habíamos dispersado, en pos de aventuras informativas diversas. Ya nunca iba a ser lo mismo, ni nosotros íbamos a ser los mismos, ni estaban Pacordóñez, ni Adolfo, ni siquiera Felipe, que tanto nos reñía cuando le preguntábamos por la corrupción o por los GAL. Y sí, Pepe era más bien felipista y a mucha honra, era más bien de los “progres”. Yo creo, bienaventurado, que jamás dejó de ser, de alguna manera, un niño, porque jamás perdió la inocencia. Y con ojos de niño cultísimo recorrió, ya te digo, el mundo entero una, dos, tres, cuatro veces.
         Cómo no querer, ya te digo, a Pepe Colchero.

    Fernando Jáuregui

    Ver más sobre el autor

Javier Espinosa

  • Javier Espinosa

    Inició su carrera en periódicos canarios, pero en seguida dio el salto a los medios nacionales. En 1994 comenzó a publicar en El Mundo, coincidiendo con el inicio de la masacre entre hutus y tutsis en Ruanda.

    Ver más sobre el autor

Juan Fernández Elorriaga

  • Juan Fernández Elorriaga

    Un sabio en el infierno balcánico

    Juan Fernández Elorriaga (Bilbao, 1943) parecía el tipo menos indicado para seguir durante años la guerra de los Balcanes. Hombre sabio, y por lo tanto propenso a la paz, todos nos preguntábamos en Efe cómo era capaz de resistir en el infierno balcánico, donde se convirtió en los momentos peores del conflicto en una de las voces de referencia del periodismo español. Juan, ¿cómo eres capaz de aguantar en ese mundo de barbarie? Juan se encogía de hombros y sonreía, como si la guerra fuera un acontecimiento normal que le había tocado cubrir y que le comprometía a hacerlo de la mejor manera posible. Nosotros sabíamos que su profesionalidad y su temperamento poco inclinado a la desmotivación le ayudaban a soportar los peores momentos. Y lo hizo de maravilla, ayudado por un estupendo y muy profesional equipo de Efe. Pocos periodistas conocían como él los orígenes y las razones del conflicto, el odio étnico que, desatado el nudo creado por Tito, se extendió como un reguero de pólvora por toda la región y, de paso, reventó el ambiente político idílico que Europa creía asegurado tras la caída del muro de Berlín. Allí estaba Juan para contarlo y para advertirnos de que el riesgo de conflicto en los Balcanes era constante. “Si la comunidad internacional no lo impide, en los Balcanes existe la suficiente falta de sentido común para que se reproduzcan tragedias que creíamos pasadas”, alertó el 30 de junio de 1998 después de ser galardonado con el Cirilo Rodríguez. Y la guerra estalló ese año en otro escenario balcánico, Kosovo, un conflicto que duró hasta junio de 1999, cuando el ejército serbio aceptó retirarse de la región de mayoría albana después de los bombardeos de la OTAN.
         En centenares de crónicas desde Belgrado, Sarajevo, Mostar, Brcko, Hadzic, Vukovar, Zvornik, Elorriaga nos contó los horrores de casi una década de guerras balcánicas, las situaciones de hambre y de miseria, la locura del poder, las violaciones de los derechos humanos, la depuración étnica, los asesinatos en masa. Pero también historias de esperanza, como la de los soldados españoles reconstruyendo el puente de Mostar, la huída de los sefarditas de la asediada Sarajevo o la constatación de que los jóvenes de las etnias musulmana y serbobosnia seguían casándose a escondidas entre las bombas y el odio de los fanáticos de la limpieza étnica.
         Quien le conoce le define como más serbio que los propios serbios —habla la lengua de este país como un nativo—, pero siempre con un ojo crítico y objetivo sobre la situación del país, cuya convulsa historia conocía al dedillo, como ilustraron sus crónicas y artículos. Aquellos que en 1998 le hicieron merecedor del Cirilo Rodríguez.
         Licenciado en Sociología por la Universidad de Belgrado, Elorriaga creó y dirigió la delegación de Efe en los Balcanes y luego, forzado a la retirada por uno de esos ERES que tanto daño han hecho y siguen haciendo a nuestra profesión, se hizo cargo de la sede del Instituto Cervantes de Belgrado, inaugurada en diciembre de 2004 por los príncipes de Asturias.
         Como periodista que fue y sigue siendo, Juan cubrió acontecimientos como la caída de Ceacescu en Rumanía, la guerra de Bosnia, los primeros pasos de Croacia hacia la independencia y la guerra en este país, el conflicto de Kosovo, y fue uno de los primeros periodistas en desplazarse a Albania a principios de la revuelta de 1997. Hasta su ingreso en Efe, en 1987, trabajó para otros medios españoles como los periódicos Diario 16 y El País, la revista Cambio 16 y la emisora Radio Nacional.

    Nemesio Rodríguez López

    Ver más sobre el autor

José Antonio Guardiola

  • José Antonio Guardiola

    Licenciado en Ciencias de la Información por la UCM, ha sido jefe del área de Internacional de los Servicios Informativos de TVE. Durante los últimos años ha estado presente, como enviado especial de TVE, en los principales conflictos ocurridos en el mundo: Irak, Afganistán, Ruanda, Bosnia o Kósovo. Es autor de varios reportajes realizados para Informe Semanal y En Portada.

    Ver más sobre el autor

Joaquim Ibarz

  • Joaquim Ibarz

    Nacido en Zaidín (Huesca) en 1943, inició su carrera en Latinoamérica cuando, en 1982, se trasladó a México como corresponsal de La Vanguardia en este país, en Centroamérica y en el Caribe, y cubrió los conflictos armados en Guatemala, El Salvador, Nicaragua, Colombia y Perú y todas las Cumbres Iberoamericanas, el triunfo sandinista en Nicaragua, la pacificación de Centroamérica (Esquipulas, 1986 y 1987) y los procesos electorales en los países del entorno, como el que costó la presidencia mexicana al PRI en 2000. Entrevistó, entre otras personas, a Fidel Castro, en agosto de 1991. Precisamente, fue expulsado de Cuba unos meses después, en octubre de ese mismo año, cuando cubría el IV Congreso del Partido Comunista, y posteriormente, en agosto de 1994, no se le permitió la entrada al país.

    Ver más sobre el autor

Beatriz Iraburu

  • Beatriz Iraburu

    Sin concesiones al dramatismo

    Durante dos décadas, Beatriz Iraburu vivió en las capitales que son los centros del mundo occidental. Los centros políticos (Londres, París, Washington) y el centro religioso (Roma). Vivió e informó de cuanto allí sucedía, y le tocó escribir de guerras, de elecciones que cambiaron el rumbo de la historia, de crisis económicas y de euforias inconsistentes, de corrupciones y de santidades aclamadas por multitudes. Pero nunca olvidó que, bajo esa capa de noticias que aspiran a entrar en los manuales de historia que estudiarán nuestros hijos y nietos, bulle siempre una sociedad, un conjunto de personas cuya manera de vivir va cambiando también al ritmo de los tiempos.
         Gracias a las crónicas de Beatriz Iraburu comprendimos las claves que hacían que la Tierra siguiera girando, pero también conocimos cómo viven cada día los italianos, qué dificultades tienen muchos estadounidenses para llegar a fin de mes, cómo han asumido el fin de su grandeza pretérita los británicos o de qué manera cargan los franceses con los muchos sambenitos que les hemos colgado todos.
         Las crónicas de Bea, como la hemos llamado siempre cuantos hemos trabajado con ella, aunque fuera desde la distancia de una redacción, han sido un ejercicio extraordinario de concisión, agudeza, ternura y sentido del humor. Concisión, porque ella es muy consciente de que el lector de un periódico desea que le cuenten lo esencial de las cosas, que el cronista no se pierda en extraños vericuetos que no llevan a ninguna parte, que no convierta su texto en una estéril exhibición de estilo. Agudeza porque su mirada culta y documentada ha ido siempre más allá de la superficie, explicando las razones por las que sucedían las cosas, lo que es la clave verdadera de una buena crónica. Ternura porque se ha puesto siempre de parte de las personas más allá de las razones políticas o de Estado, más allá de las organizaciones o la lógica de los mercados. Y sentido del humor porque incluso en los momentos más tensos, en los actos más solemnes, ha sabido observar ese detalle fuera de lugar, ese gesto que delataba a quien lo hacía, esa incongruencia que echaba por tierra la severidad de la escena.
         A comienzos del milenio, cansada después de tantos años fuera de casa, sufriendo la vida de una corresponsal que termina por trabajar todos los días del año salvo cuando está de vacaciones lejos de su oficina, decidió dejar el periodismo. Al menos, el periodismo profesional. Quería aprovechar el tiempo para vivir, colaborar con proyectos solidarios y contemplar el mundo de otra manera. Sólo había disfrutado unos meses de su nueva vida cuando recibió una noticia en forma de palabra inmencionable. Bea luchó, sufrió y venció.   A finales de 2008 presentó un libro que trata de ayudar a las mujeres que sufren su misma enfermedad. El libro es como ella: conciso, directo, muy bien escrito, documentado, útil y sin concesiones al dramatismo. De nuevo, la periodista que utiliza su conocimiento directo no para hablar de sí sino para explicar mejor lo que quiere contar y ser útil para los demás. Una renuncia expresa al protagonismo que, en estos tiempos de ególatras disfrazados de periodistas, es el mejor ejemplo de cómo se deben hacer las cosas.

    César Coca


    Ver más sobre el autor

Manuel Leguineche

  • Manuel Leguineche

     

    Manu, en el corazón

     

    Hace casi treinta años torturé a Manu obligándole a leer más de mil páginas sobre los corresponsales españoles en el extranjero desde que existe la imprenta, mi tesis doctoral, y le pedí que me escribiera el prólogo. En los diez folios que me envió está contado casi todo:

    •   el privilegio que fue (como decía Oriana Fallaci cuando todavía palpitaba en ella un corazón de izquierdas) viajar al extranjero durante la dictadura, en la que casi ningún español podía hacerlo salvo como emigrante, exiliado o refugiado;
    • la suerte de que, por hacer algo que nos gustaba, encima nos pagaran. Poco, mal y, muchas veces, tarde, pero nos pagaban;
    • la adrenalina que produce el ver con tus propios ojos la guerra o la tragedia;
    • la posibilidad de contarlo, excepcionalmente en primera página o abriendo un telediario;
    • la devaluación que lo internacional sufrió en la transición cuando nos jugábamos algo mucho más importante aquí en casa: la libertad;
    • la esclavitud del transistor de onda corta, siempre pendientes de la BBC, más imprescindible que el dinero;
    • en ocasiones, el morbo o, como decía Dominguín, la droga del miedo;
    • mucho más que el miedo a morir, lo que quema y destruye al trotamundos, corresponsal o enviado especial, es el estrés de lo secundario: el teletipo, el teléfono o internet cuando dejan de funcionar;
    • las mentiras de los gobernantes y sus voceros, los hoteles inmundos y carísimos, lo jóvenes que son muchos de los amigos que ya se han ido, la pobreza y la miseria que padecen centenares o miles de millones de seres humanos.  

    Hay que ser, insistía Manu, hipocondriaco, sarcástico, jeremiaco y masoca para sumarse a este club de soñadores, ambiciosos, solitarios y faltos de cariño. A él nunca se lo dije, pero siempre he pensado que Manu, como el mordaz González Ruano y otros muchos de los mejores escritores del último siglo, sobrevivió a su larga travesía por ese infierno maravilloso del enviado especial refugiándose en la tierra (el paseo, la caza, la partida, la tertulia…), en los amigos, en el gran reportaje de prensa y de televisión, y, principalmente, en los libros.
         Desde niño se empapó de historias de guerras en las revistas de su padre. En cuanto pudo, empezó a viajar porque, como decía, citando a Freud, “uno viaja para escapar del padre”.
         En sus viajes, como tantos otros, encontró una especie de terapia, tiempo para reflexionar y un mundo por descubrir. Por encima de todas las carreras, en los viajes y en el periodismo descubrió, como los mejores de la tribu, según sus propias palabras, “una conjunción irresistible”.
         Desde El camino más corto, su primer libro —que él mismo describe en el último publicado (El club de los faltos de cariño) como “lo más importante que he hecho en la vida”—, hasta mis últimas conversaciones con él, en su casa de Brihuega, vigilados de cerca por la celosa gata Muki, Manu es para muchos de nosotros una especie de hermano mayor que se fue pronto de casa, pero que nunca dejó de escribirnos y siempre acabó regresando con los suyos.
         Ya sé que escribió para todos, pero lo hizo con un estilo tan personal y tan atractivo que cada uno recibimos sus palabras como si estuvieran escritas exclusivamente para nosotros.
         Supongo que tiene que ver con los personajes que eligió, con la riqueza de las anécdotas, con la huella de los testimonios, sus héroes y sus villanos, tantos rostros inolvidables, tantos recuerdos que alumbran el presente y tantas historias lejanas que parecen, de su mano, sucesos de esta tarde.
         Todo entrelazado, sin rupturas, con un humor dulce, un tanto socarrón, y el escepticismo de los mejores periodistas: ni cínico ni creyente, siempre buscando, siempre expectante, documentando cada página, cada entrevista y cada libro con una paciencia y una capacidad de sacrificio excepcionales.
         Afortunadamente, la profesión y la sociedad lo reconocieron concediéndole todos los premios periodísticos importantes y muchos literarios que existen en España.
         Nueve de cada diez periodistas —seguro que me quedo corto— viajan, escriben y hablan en periódicos, radio, televisión o internet de lo que hacen y, sobre todo, de lo que dicen los poderosos.
         Manu, como los mejores, que siempre son los menos, se pasó medio siglo cubriendo lo que hacen y dicen, sobre todo, las víctimas, los débiles.
         Hay pocos dictadores, tiranos y genocidas que no haya retratado, pero jamás se dejó tentar por las limusinas o por los despachos con los que los poderosos premian a los periodistas serviles, tan numerosos por nuestros lares, que olvidan la información por la propaganda y la verdad por toda clase de banderías o ideologías.
         Su despacho, su bandera y su ideología estuvieron siempre en las carreteras y caminos polvorientos de los terceros y cuartos mundos del Norte y, sobre todo, del Sur.
         Gracias a él, leyendo aunque sólo sea un poco de lo mucho que ha escrito (47 libros, según mis cuentas), en este mundo cada vez más peligroso y desigual de comienzos del siglo XXI es fácil distinguir a los buenos y a los malos, a los cuerdos y a los locos.
         En sus primaveras del Este, en sus tribus y en sus volcanes, en sus dioses y en sus demonios, en el apocalipsis de Mao y en tantas batallas del siglo XX por él contadas (desde Anual a Bagdad, pasando por Normandía) aprendimos lo que no suele aparecer en los mejores manuales de relaciones internacionales.
         Quiero creer, aunque me cueste, que para los millones de ángeles perdidos, para todos los niños destrozados en vida mucho antes de perder el cuerpo por las guerras y sus secuelas, a quienes dedicó el Premio Espasa de Ensayo del 96, mientras exista algún Manu Leguineche queda alguna esperanza.
         Fue uno de los mejores y, seguramente, el más modesto discípulo de la generación del Norte de Castilla de Delibes, su segundo padre, su punto de referencia, la persona de la que se acordó siempre que tuvo algún problema grave.
         La armonía que Delibes encontró en la tierra de campos vallisoletana, Manu la descubrió en la Alcarria de su gran amigo Camilo José Cela.
         En la escopeta, el perro y el amanecer donde Delibes redescubrió el Génesis tantas madrugadas, Manu se reconcilió con lo que más quería: la tierra y sus gentes, el equilibrio, tan raro, entre el ser humano y la naturaleza.
         Nunca fue hombre de muchos consejos, aunque siempre tuvo cerca a periodistas que se los reclamaban: los amigos enamorados echados de sus casas por señoras cabreadas, los frustrados por fracasos profesionales, los soñadores y emuladores que necesitaban estar cerca de él como si de un cargador de energía humana se tratara, antes de salir hacia el aeropuerto, camino del siguiente reportaje, de la siguiente guerra: Jesús Picatoste, Juan González Yuste, Luis Garmat…
         Autodidacta, vasco universal, alcarreño de corazón, independiente pero nunca neutral, solitario del que todos querían ser amigos… “Siempre quedan flecos, países por conocer y tragedias sin contar”, repetía, postrado en su lecho como viejo león herido en palabras de su hermano Vicente Romero, a un amigo común en el reportaje más bonito emitido en radio sobre su vida (Radio 1, programa “Siluetas”, junio de 2006).
         Recuerdo, como si fuera hoy, el día que le entregamos el primer premio Cirilo Rodríguez al mejor corresponsal y enviado especial español. “No me hagáis hablar ante todos, que me siento fatal. Además, vosotros habláis mejor.” No era verdad y él lo sabía.
         He conocido a pocos conversadores tan amenos, con memoria tan prodigiosa, capaz de recordar los detalles más rocambolescos de la historia, del cine, del periodismo y del deporte.
         Hoy entiendo mejor por qué huyó siempre de las luces y del ruido. “¿A qué viene tanta prisa?”, se preguntaba en Brihuega tras dar varias vueltas al mundo desde aquel lejano 1965. Y él mismo respondía: “Uno necesita el cronómetro para decir ¡basta, esto se ha terminado! Me da igual un mes, una semana o un año. Se ha terminado”.

    Felipe Sahagún

    Ver más sobre el autor

Ramón Lobo

  • Ramón Lobo

    Vocación temprana e irrenunciable

    En noviembre de 1964, varias decenas de ciudadanos europeos que habían sobrevivido a la toma de Stanleyville (hoy Kisangani) en el Congo Belga (hoy República Democrática del Congo) descendían de un Hércules C-130 en el que habían sido rescatados y trasladados a una zona segura del país. Muchos estaban malheridos y algunos, casi desfallecidos, bajaban a duras penas la escalinata del avión militar. Un periodista británico recién llegado, vestido con una pulcritud más propia de un club de campo que de un conflicto militar en África, esperó a que todos hubieran descendido, se colocó frente a ellos y preguntó en voz alta: “¿Hay aquí alguna mujer que haya sido violada y hable inglés?”.
         Esa pregunta tan desastrosamente antiperiodística dio título a las memorias de un legendario corresponsal de guerra, Edward Behr, un texto sin duda recomendable para quien esté ahora mismo leyendo estas páginas.
         Hay dos tipos de corresponsales de guerra: los que habrían estado en Stanleyville presenciando las masacres para poder contarlas y los que habrían esperado a salvo en un lugar cercano pero seguro y, sobre todo, confortable. Ramón Lobo es de los primeros.
         En cualquier ámbito de la información, y especialmente en la cobertura en zonas de guerra, hay muchos periodistas convencidos de que el acontecimiento más importante de cualquier historia es el hecho de que ellos han llegado y están allí para cubrirlo. Lo decía Tom Stoppard en Night and Day; comparen eso con lo que dice José Saramago de Ramón Lobo: “Tiene la superior cualidad de colocar cada palabra en su exacta medida expresiva, sin retórica ni deslizamientos sensacionalistas, al servicio de lo que ve, oye y siente”.
         Para ser buen periodista hay que ser honesto y atrevido, pero con el paso del tiempo he descubierto que los mejores en esta profesión tienen también en común una elevada proporción de mala leche. A juzgar por la presencia de este componente en el sujeto que nos ocupa, Ramón Lobo no es buen periodista, es buenísimo. Lobo mezcla un aspecto entrañable de joven Chanquete con la rapidez mental de quien puede destrozarte a golpe de sarcasmo. Dueño del byline más contundente del periodismo español (Ramón Lobo, ahí es nada), da la impresión de haberlo visto todo, en la profesión y en el mundo, y por eso es admirable que siempre quiera volver. Volver a Afganistán, a Iraq. A Kosovo, a Líbano, a Filipinas. Y sobre todo a África, a la peor parte de África, si es que hay alguna mejor que otra.
         Será por haber nacido en Venezuela, de madre británica y padre español, o será por haber vivido en varios continentes de niño y de no tan niño, o será quizá por haber querido siempre ser periodista, una vocación temprana e irrenunciable que personalmente envidio, porque la mía, como la de muchos, fue sobrevenida y circunstancial. Él lo contó en su blog: en su entrevista de trabajo para entrar en El País, cuando Luis Matías, que iba a ser su jefe, le preguntó: “¿Estás dispuesto a ir a Sarajevo?”, contestó: “Llevo quince años esperando a que alguien me haga esa pregunta”.
         Tengo la impresión de que haber viajado tanto y haber visto tanta miseria le permite compartimentar sus sentimientos y separar sus pasiones. Sólo así entiendo que pueda emocionarle tanto el último modelo del iPhone, como la perspectiva de volver a Ruanda. Y como sé que le gusta que hablen de él, aunque sea mal, diré que es egocéntrico, pero generoso, muy trabajador e inagotable contador de chistes; todas estas características están aderezadas con su simpática tendencia a ser soez, aunque con gracia. Dice un amigo común que hay una cualidad que le define mejor que ninguna: “Es pesado en el mejor sentido de la palabra”. La pesadez en este oficio está infravalorada porque Ramón lo ejerce de manera artesanal, y sólo un artesano es capaz de pelearse con una frase dos minutos antes del cierre para cerciorarse de que esa frase está escrita de la mejor manera que se merece el lector.

    Javier del Pino

    Ver más sobre el autor

José Luis Márquez

  • José Luis Márquez

    En territorio comanche

    Es el cámara de televisión más valiente que conocí. Y eso que tuve el privilegio de trabajar con unos cuantos. Tenía la sangre fría y el pulso de hierro, el cabrón, hasta el punto de que a veces, cuando estábamos ganándonos el jornal, yo tenía que decirle que moviera un poquito la cámara o se agachara porque, si no, nadie creería que estuviese grabando de verdad aquello de cerca, sin trípode y de pie. Recuerdo que una vez, en un sitio llamado Gorne Radici, se mosqueó mucho porque, en vista de que no se movía cuando cascaban cebollazos, yo intentaba empujarlo disimuladamente para que no sacara los planos tan perfectos. Se rebotó con aquello y empezamos a discutir en mitad del pifostio, y pasamos el resto de la mañana, yo dándole empujoncitos cada vez que nos arrimaban candela, y él apartándose de mí y diciendo que me iba a calzar una hostia, mientras los de las escopetas que andaban pegando tiros nos miraban como si estuviéramos majaras.
         De Vietnam a los Balcanes, pasando por la plaza de Tiananmen, la biografía de José Luis Márquez León cubre más de un cuarto de siglo de historia bélica. De conmociones internacionales que abrieron telediarios. Tuve la suerte de trabajar a su lado muchas veces, en especial durante la larga guerra de los Balcanes. Con él pasé en Mostar mi última Navidad como reportero, la del año 93. Creo que nunca respeté tanto a nadie. Y no fui el único. Ese fulano gruñón, compacto y duro, de ojos azules y jeta impasible, con su voz de carraca vieja y su sempiterno cigarrillo colgado en la boca, era y es una leyenda en el mundo de los reporteros gráficos internacionales. Yo mismo vi, después de que grabara unas imágenes de belleza y horror perfectos —a veces una cosa y otra eran compatibles, pues no siempre lo peor es la sangre— en un lugar llamado Kukunjevac, acudir a la sala de montaje a los más fogueados cámaras de las televisiones internacionales para contemplar su trabajo, admirados. “Es la guerra de verdad”, comentó Rust, de la CNN. Y por Dios lo era.
         Quienes veían aquellos telediarios recordarán otro de sus momentos de gloria profesional, pues unas imágenes suyas dieron la vuelta al mundo, emitidas cientos de veces: un croata tumbado en el suelo, intentando acertarle con un lanzagranadas a un tanque serbio, en Vukovar, mientras las balas trazadoras que disparaba el tanque pegaban en el asfalto alrededor, entre las piernas de Márquez, que, de pie junto al soldado, grababa la escena. Luego, un impacto en una pierna del soldado, éste saltando a la pata coja, las manos del reportero que estaba con Márquez —mis manos— metiéndole un paquete de kleenex al herido en el agujero de bala para taponar la hemorragia, y en ese momento, pumba, un zambombazo que hizo a herido y reportero buscar resguardo a toda leche, mientras el cámara, que seguía grabándolo todo de pie y sin inmutarse, se limitaba a pulsar la tecla de zoom abriendo a plano general.
         Se jubiló hace algún tiempo de la tele. Nos vemos de vez en cuando, o hablamos por teléfono con esa bronca aspereza que era, y sigue siendo, nuestra manera de ser amigos. Vete a tomar por saco. Mamón. Etcétera. Nunca hablamos entre nosotros de batallitas, ni falta que hace. Como mucho, recordamos a Miguel Gil Moreno, a Julio Fuentes y a los otros compadres que dejaron de fumar. Cuando me pasé del todo a la tecla, escribí Territorio comanche y dediqué el libro al puente de Petrinja y a Márquez —Carmelo Gómez lo encarnó de maravilla en la película de Gerardo Herrero—, los jefes de la tele quisieron vengarse en él, pues yo estaba fuera de su línea de tiro. Lo pusieron a hacer guardias en la puerta de la Audiencia Nacional. Es la única vez en mi vida que he usado el teléfono para algo así: llamé a Ramón Colom, director de TVE, y le dije que si no lo dejaban en paz, igual me daba por escribir sobre otros territorios y sus habitantes, y entonces nos íbamos a reír mucho, todos. Ramón captó el mensaje, cumplió como un caballero, y Márquez volvió a sus guerras: Kosovo, Chechenia, Iraq y todo eso. Luego aceptó la jubilación anticipada y ahora vive junto al mar, con un enano que, estoy seguro, tiene la misma cara de rubio cabrón, la voz de carraca y la mala leche que su padre.
         Sólo una vez en 21 años lo vi moquear. No trabajando, pues ya he dicho que era impasible. Se lo comía todo para sí, y al acabar el curro dejaba la cámara en el suelo, se sentaba en cuclillas con la espalda contra la pared y encendía un pitillo en silencio. Decía que cuando se jubilara iba a comprarse un Rolex, y decidí adelantarme gracias a los derechos de autor de Territorio comanche. Una noche le invité a cenar un chuletón en El Schotis, en la Cava Baja de Madrid, y le tiré el reloj sobre la mesa. “Toma, gilipollas”, dije. Se lo quedó mirando, sin tocarlo, y sólo dijo dos veces: “En mi puta vida”. Fue entonces cuando lloró. No mucho, claro. Una lagrimita de nada. Estamos hablando de Márquez.
     

    Arturo Pérez-Reverte

    Ver más sobre el autor

Javier Martín Domínguez

  • Javier Martín Domínguez

    Licenciado en Ciencias de la Información por la Universidad de Madrid y Master en Communications por la Universidad de Nueva York. En enero de 2005 fue nombrado máximo responsable de la Dirección del Gabinete de TVE. Es miembro de la Junta Directiva de la Academia de las Ciencias y las Artes de Televisión (2000/06). A lo largo de su trayectoria profesional ha trabajado como redactor de Radio Nacional de España desde 1975, director del programa Siete Días y, posteriormente, corresponsal de la emisora en Washington y Nueva York (1979/1986), corresponsal de La Vanguardia para Extremo Oriental, con base en Tokio (1986/1987), director de la oficina de TVE en Nueva York (1987/1989), consultor para Telefónica y el Grupo Correo. También ha sido guionista, realizador y productor de programas de televisión, cine y documentales (Mapas de agua y arena, La vida de Jane y Paul Bowles, Madrid, USA, La última palabra, Historia de la Real Academia de la Lengua, Viaje a la Luna, De la piel pa’ dentro). Posteriormente es nombrado director de Desarrollo y Canales Temáticos de TVE (1998/2005) Autor de varios ensayos sobre el mundo de la comunicación (Hacia una gramática periodística, De MacLuhan al cómic, Información y propaganda en la campaña Bush-Dukakis...). Premio de periodismo internacional Cirilo Rodríguez, Premio Príncipe de Viana de Creación Audiovisual y primer Premio de los Festivales de vídeo de Cullera y Navarra.

    Curiosidad y dinamismo  

    Por esas travesuras de la vida, la carrera de Javier y la mía se han ido cruzando por los distintos mundos de este mundo. De América al Lejano Oriente, pasando por Rusia; de Segovia a Sevilla, pasando por Madrid. Unas veces, hemos coincidido en el tiempo, otras veces, no. Pero hemos elegido los mismos lugares, yo iba después y siempre me pareció que era un espejo al que mirar. 

    Me impresionó, recién llegada a Nueva York, con su cariño por un pin de Ted Kennedy en la campaña del ochenta, con su diagnóstico claro y certero de los Estados Unidos de Reagan, con su saber del pulso neoyorquino. El Village era su hogar, la calle su trabajo, tuvo pupitre en la New York University. Ávido de actualidad y de aprendizaje.

    Cuando, independiente y apasionado, la radio le quedó pequeña y la imagen le cautivó, el reportaje televisivo y el documental le acogieron. Temas y personajes gozaron de su quehacer erudito y original, de su perfeccionismo técnico y de su talento para encontrar una buena historia o alguna vida atractiva que contar. Se entregaba a un medio nuevo, pero sin abandonar el viejo compromiso con la comunicación de calidad.

    De pronto, su versatilidad le llevó a adentrarse en los procelosos despachos de Prado del Rey. Puso su instinto en el diseño de productos diferentes en la alta precisión de los canales temáticos, así como supo ver y escuchar las tripas de la gran industria de la televisión.

    Hete aquí que, constante en la curiosidad y el dinamismo, se esmeró, después, en la difusión del cine que hay que conocer. Con análisis crítico e intuición busca y recoge películas europeas con las que componer un festival anual en Sevilla que gusta, inquieta, sorprende, interesa. Ha sabido atraer a cinéfilos y espectadores del ocio con sugestivos títulos y celebridades auténticas en rueda de prensa o en alfombra roja a orillas del Guadalquivir.

    Y, como de pasada y el que no quiere la cosa, se ha sentado ante el ordenador para transmitir sus conocimientos y reflexiones en ensayos sobre el oficio de comunicar.

    Por delante, le quedan a Javier conversaciones que desgranar, folios en blanco que llenar y propuestas por descubrir. Más cámaras y más micrófonos, si así lo quiere. Instantes familiares entrañables que disfrutar y, espero, algún que otro guiño que compartir en nuestro sendero de profesión, viajes y amistad.

    Rosa María Calaf

    Ver más sobre el autor

Enrique Meneses

  • Enrique Meneses

    Enrique Meneses (Madrid, 1929) ha sido corresponsal en Oriente Medio y la India, director del programa A toda plana de Televisión Española, director general de ABC de Las Américas, director de la edición española de Playboy, creador y director de Los Aventureros en Radio Nacional y, además de trabajar en Life y Paris-Match, ha colaborado en decenas de diarios y revistas. Profesor de Fotoperiodismo, fue el primer reportero que ascendió a Sierra Maestra con el Ché Guevarra y Fidel Castro durante la Revolución Cubana

    Ver más sobre el autor

Román Orozco

  • Román Orozco

    El último hermano rojo

    “Subimos al vehículo. Son las diez en punto. Suena una descarga fuerte. Luego, otra más suave. De frente, en pie y sin venda en los ojos, ha caído el último de de los fusilados por el general Franco (setiembre de 1975). Las lágrimas brotan sin pudor en los ojos de los tres periodistas (Friedrich Kasselberg, Miguel Ángel Aguilar y Román Orozco). Horas después, cada uno se sienta frente a la máquina de escribir. El entonces director de Cambio 16, Manuel Velasco, al igual que ha hecho con las crónicas remitidas desde Bilbao y Barcelona por Ander Landaburu y Andreu Claret sobre el fusilamiento de Ángel Otagui y Txiki Paredes, irá limando los textos. Las quitará hierro, las suavizará y las dejará sin adjetivos. Es una tarea de cirujano fino. Ya sabe con quién se las gasta. La censura franquista. Pero de nada va a servir su tarea de bisturí. Cuando el número 200 —¡qué coincidencia: celebramos número extra con la peor historia que un periodista quisiera contar jamás!— salga del departamento de censura del llamado Ministerio de Información y Turismo, su peso habrá sido sensiblemente aligerado: de las ocho páginas dedicadas a los fusilamientos, sólo dos saldrán a la venta.”
         Esta crónica recordatoria escrita con ocasión del décimo aniversario de la revista Cambio 16 por Román Orozco nos situaba en la tenebrosa época del final del franquismo y coincidía con nuestro primer trabajo conjunto, que a su vez marcaba el punto más álgido de la censura. A José Román Orozco (Iznatoraf, Jaén, 1945) le conocí un año antes cuando, recién aterrizado del Diario de Mallorca, se incorporó a la redacción de Cambio 16 y de la que pronto sería nombrado redactor jefe y más tarde subdirector. Difícil de comparar en este tortuoso y a veces ególatra oficio, nuestras vidas profesionales han marcado una senda paralela llena de alegrías, satisfacciones y, por qué no decirlo, de éxitos, pero también de sinsabores, miedos y dramas que han forjado una profunda amistad que me permite tenerle a Román como un hermano.
         Después de esos extraordinarios años del final del franquismo y de la esperanzadora Transición con la llegada de la democracia, juntos nos fuimos del Grupo 16 y juntos nos incorporamos al diario El País, a petición de Jesús Ceberio. En estos 36 años de intensa colaboración aprendí mucho de Román: de su enorme capacidad de trabajo, de su fidelidad a su ideario de izquierdas, de su honestidad, de la defensa de sus convicciones y de su aversión al sectarismo y a la injusticia. Desde muy temprana edad, a los 19 años, ya se inició en la revista contestataria Gaceta Universitaria y su lucha por las libertades democráticas y la libertad de expresión le costaron muchos disgustos. Fue expulsado de la universidad de Madrid y detenido en Valencia en una reunión del sindicato libre de estudiantes, lo que le costó su expulsión de la Gaceta por orden de Manuel Fraga, antes de padecer el cierre del Diario Madrid por el franquismo en 1971.
         Román ha representado uno de los eslabones del emblema de un periodismo serio que contaba cosas serias a un lector inteligente y comprometido, ávido de libertad y cuya receta del éxito es sencilla: basta con contar lo que ha ocurrido sencillamente, rigurosamente, con un lenguaje directo y moderno, y huir de la tendencia de algunos periodistas a correr en auxilio del caudillo de turno, a los que más que las autocensuras les preocupa los servilismos espontáneos mimados por el poder corruptor de algunos políticos, muy hábiles a la hora de alternar halagos y amenazas. Esto siempre lo ha rechazado Román, como sigue rechazando esa España rancia y centralizada que desea archivar la memoria para sobrevivir a sus fantasmas, y a la que ve con mirada rigurosa y crítica, pidiendo justicia.
         Lo mismo que hizo en su aventura americana cuando, con sus brillantes crónicas desde América Latina, siguió denunciando los abusos de poder y las injusticias sociales de ese castigado continente, y que logró, también, con un notable éxito con su libro Cuba Roja. Fiel a sus principios, nuestro guerrero y “viejo rockero”, como su amigo Miguel Ríos, Román Orozco seguirá siendo nuestro último hermano rojo.

    Ander Landaburu

    Ver más sobre el autor

Ángela Rodicio

  • Ángela Rodicio

    Ángela en el valle de Josafat

    La llamaban “niña Rodicio”. No era propiamente un piropo, sino una definición tocada de ironía. Fue la corresponsal más joven de TVE y conquistó a la audiencia con su aire de colegiala avanzada que pronunciaba los nombres de los jefes de Estado árabes como si fueran gallegos. Se convirtió en icono de los contadores de guerras, hasta que un maldito traspiés la apeó de los altares mediáticos y fue devorada por las envidias con efecto retroactivo. Rodicio recitaba sus crónicas poniendo voz de campañilla y mirando a la cámara con ojos chinos, pero su carácter áspero y su ímpetu profesional (siempre había querido ser la primera de la clase) la convirtieron, a los ojos de muchos, en dama de hierro del periodismo.
         Ángela Rodríguez González (Ángela Rodicio para la clientela de la tele) se fraguó como periodista en los escenarios más conflictivos. Creció en Bosnia, maduró en Iraq y consolidó su vocación en Jerusalén, donde abrió la primera corresponsalía de TVE. Andando el tiempo y las fronteras se hizo más internacional (y en los ratos libres, un poco italiana), pero mantuvo siempre el tono instruido y puntilloso en su trabajo. Daba la impresión de que “niña Rodicio” había nacido enseñada. Contaba sus crónicas de carrerilla, ataviada siempre al estilo de las corresponsales maduras de la CNN: un traje de chaqueta y fuera. Sólo se concedió una licencia, la kuffiya alrededor del cuello, gesto que algunos interpretaron como un guiño de mujer de izquierdas a la audiencia. Aquello le valió críticas, pero la periodista no se achantó. El pañuelo palestino tenía para ella el mismo valor decorativo que los pendientes largos de plata asomándose entre la melena. Rodicio desoyó las críticas: estaba demasiado ocupada trabajando. No era una presunción. Ciertamente Ángela fue una de las corresponsales que mayor volumen de crónicas despacharon en los sucesivos destinos profesionales.
         Era jabata y preconizó su independencia con ferocidad, pero la misma gallardía que la llevó al huerto del éxito, le gastaría después una mala pasada. Embravecida, “niña Rodicio” volvió al redil del “Pirulí” y repitió curso. De aquello hace ya bastante tiempo. Ángela debería regresar al valle de Josafat para contarnos de nuevo la guerra de los Seis Días.

    Carmen Rigalt


    Ver más sobre el autor

Nemesio Rodríguez López

  • Nemesio Rodríguez López

    Titulado por la Escuela Oficial de Periodismo, ha desempeñado toda su labor periodística en la Agencia EFE, en la que ingresó en 1974 y de la que en la actualidad es director de Grandes Coberturas. Ha sido corresponsal en Roma, Beirut y Washington, y delegado en Perú, Italia-Vaticano y Portugal. Asimismo, ha ejercido los cargos de jefe de Sociedad, Cultura y Espectáculos y Política, redactor jefe de Nacional, jefe del servicio de Edición Internacional para América Latina y director de los departamentos de Internacional, Nacional y Deportes. Además, ha sido director de Información, coordinador de delegaciones y director del Máster de Periodismo de agencia. Como enviado espacial, ha cubierto grandes eventos deportivos, como Juegos Olímpicos de verano e invierno, mundiales y eurocopas, entre otros; y cumbres políticas internacionales tanto en Europa como en América. Fue miembro del Comité de Prensa del Comité Olímpico Internacional. Ha editado el libro La sonrisa urgente, que recoge fotografías curiosas y textos de anécdotas de los periodistas de la Agencia EFE.

    Ver más sobre el autor

Vicente Romero

  • Vicente Romero

    Foto de familia

    “Centenares de periodistas de todo el mundo somos testigos de la tragedia de millón y medio de personas empujadas por las matanzas tribales y por la guerra, hasta los campos de refugiados de Goma. Todos compartimos el mismo sentimiento de frustración por tener que contar todas estas miserias cuando ya es demasiado tarde para evitarlas y demasiado difícil encontrarles una solución humanitaria.”
         Con esta entradilla comenzaba Vicente Romero uno de los varios programas que hizo sobre el genocidio de Ruanda. En éste, como en otros muchos, he tenido la suerte de ser su cámara y compartir con él las vivencias que esta clase de reportajes deparan.
         Quizá por haber trabajado tantas veces juntos, me ha encargado Aurelio Martín que escriba sobre Vicente. A Aurelio no puedo negarle nada. Por eso estoy aquí, intentando poner sobre el papel lo que quisiera contar de “el doctor Romero”.
         Pero sólo soy, he sido, reportero gráfico, y con palabras no voy a saber expresarme como me gustaría, porque ha sido mucho lo que he aprendido a su lado. No a escribir, claro.
         Los momentos compartidos a lo largo de un reportaje con Vicente son todos. Si te vas a un viaje de diez días con Romero, que es el tiempo que le gusta estar fuera, son diez días y diez noches que estarás pendiente de lo que pase. No es nada aburrido trabajar con él.
         Si difícil es que vayas a un lugar donde no esté pasando nada, más difícil es que no tenga algo que contar que te pueda interesar. Pocos periodistas han viajado tanto como él a sitios tan complicados. Lleva desde los 20 años recorriendo guerras, conflictos, desastres, misiones…, de todos se acuerda. Pero es que también está al día de lo que pasa en el mundo. Y le da tiempo a enterarse de todo.
         Es inimitable, pero si te fijas en cómo se maneja en situaciones complicadas, te puede servir para sobrellevar las contrariedades del momento. Si cuando vas de viaje, Vicente duerme mucho en el avión, hay que procurar dormir también, porque está “cargando las pilas” y con sus baterías a tope es casi imposible seguirle. Pero es que, además, no deja que se le agoten y aprovecha cualquier momento para descansar, comer, leer y hasta reírse. Así se recupera.
         Aunque la mayoría de los viajes que hemos hecho juntos han sido a lugares en conflicto, nos ha dado tiempo a pasar ratos muy agradables. Me ha demostrado que se puede desconectar de lo que está pasando poniéndose a hablar en medio de cualquier fregao, de sus perros y gatos, del Madrid, de Marilyn Monroe, de Mao Tse-Tung o de Eduardo Galeano.
         Porque Vicente Romero es un joven-viejo periodista. No habrá muchos de su gremio tan al tanto de las nuevas tecnologías. En eso también es un adelantado a su tiempo.
         Ya a comienzos del año 1994, cuando yo coincidí por primera vez con él, viajaba con su ordenador portátil. A la cantidad de material que llevábamos se sumaba aquel aparato, por entonces inusual y hoy imprescindible. Además era muy frágil y había que reservarle un lugar entre lo más delicado y vigilarlo continuamente. Entonces nos parecía un capricho del jefe, como capricho nos parecía que no fuera para él imprescindible nuestro trípode de cámara. El tiempo le ha dado la razón.
         Para vengarme de haber llevado la maquinita por todo el mundo, un día rodando en Nueva Delhi, cogí cuatro guijarros de una obra, y sin que me viera, los coloqué en su bolsa de viaje. No me dijo nada y yo me reía pensando en lo que habría hecho con las piedras.
         Seis días más tarde, en un hotel de Bombay a las tres de la mañana, llamaron a mi puerta. Era un camarero que traía por encargo del señor Romero un té con hielo, como a mí me gusta, y los cuatro guijarros de Delhi. Nos los intercambiamos varias veces, hasta que en el hotel Crillón de Lima llegamos a un acuerdo: dos chinas para cada uno.
         Las mías las tengo aquí delante. Doctor, ¿qué has hecho con las tuyas?
         Nunca me llevaste a Vietnam. Nunca he estado. No me importaría acompañarte y de paso dejar los cantos para en su lugar poner una foto de la familia, como tiene todo el mundo.
         Tu amigo.

    Evaristo Canete

    Ver más sobre el autor

Felipe Sahagún

  • Felipe Sahagún

     

    La visión del mundo  

    Lo tenía muy claro desde el principio. Desde los primeros días en aquel pasillo hecho aula para albergar el periodismo en la universidad. La primera promoción. Un tiempo de grandes profesores (Alvar, Beneyto, Benito, Albalá, Horia, Fernández Asís...) y grandes turbulencias. De repente, los grises pasaban por mitad de aquel pasillo con mesas. Se montaba un mitin tapando la cámara de seguridad que también servía para retransmitir la clase a dos aulas cercanas. Éramos legión, pero la mayoría se desvanecía mientras progresaba el curso. Felipe estaba entre los fieles, aprendiendo y buscando, y aireando el grato recuerdo de un tiempo previo de estudios en los Estados Unidos.
         Se veía venir por sus intervenciones en clase y en nuestros corrillos de cafetería que Felipe Maraña Marcos se iba a dedicar a la información internacional. Enseguida se marchó a los Estados Unidos para estudiar Relaciones Internacionales en una de las universidades periodísticas por excelencia, Columbia, en Nueva York, donde terminaría por hacer la corresponsalía del entonces diario de la tarde Informaciones y colaborando con Radio Nacional los fines de semana. Ahí nació su amistad con Cirilo. Sobre el terreno de las Naciones Unidas y el Hudson. Aunque abierto a todos, pienso que el alma segoviana de Cirilo no se casaba con cualquiera. Y con Felipe tuvo amistad y estrecha relación profesional. Un veterano que olfateaba la madera del leonés de Sahagún de Campos. En nuestro caso el destino de la edad, el periodismo y las ganas de mundo nos llevaron accidentalmente a compartir pasillo de estudios y pasillos de Naciones Unidas, y luego los de Radio Nacional y Televisión Española.
    Felipe volvió a Madrid y encontró su sitio y su familia periodística en la radio. Su labor la conocen bien un puñado de corresponsales e informadores internacional formados, en la redacción de RNE y luego en TVE, en el amor a la política internacional. Sus clases en la universidad tenían pues su dominio paralelo en Prado del Rey. No es fácil ganar voluntades a la causa de “lo internacional”. Algunos dudan de su respeto —por falta de espacio y escaso tratamiento— en muchos medios. Otros sí sueñan en la cobertura de guerras y en las corresponsalías. Felipe ha actuado de apóstol para la causa de una generación de periodistas.
         Obsesivo en el dato. Prudente en el juicio. Con perspectiva mundial siempre. El devenido Felipe Sahagún (su nombre de guerra para la radio cundo simultaneaba la prensa) es un periodista formado en América. Se nota en su obsesión por acumular diversas fuentes y por escribir con un estilo contenido, creando la opinión a través de la suma de información. La mejor opinión sale del dato. Aunque ha paseado por todos los medios, su verdadero yo periodístico esta en la prensa, y ahí ejerce con visón amplia y larga, y una escritura eficaz. El mundo tiene un hombre que siempre contempla el mundo entero. Pero sin perder el más cercano detalle.
         Felipe cogía el convoy subterráneo del largo subway neoyorquino, con parada en 42 y Segunda Avenida, para meterse en la puerta giratoria de UPI, pisar sobre aquel planetario que ornaba su suelo y lanzar su crónica. Y luego, vuelta al campus de Columbia, en el norte de Manhattan para aquilatar el análisis de aquel mundo de superpotencias, misiles balísticos, guerra fría y equilibrio del terror… Fue una etapa intensa que le marcaría su hoja de ruta profesional.


    Javier Martín Domínguez

     

    Ver más sobre el autor

Ferran Sales Aige

  • Ferran Sales Aige

    Periodista reportero desde 1966, trabaja desde hace más de 25 años para el diario El País. Ejerció de 1990-2005 como corresponsal primero en el Magreb y después en Oriente Medio, en Jerusalén. Actualmente está adscrito a la delegación de Barcelona del mismo periódico. Trabajó, asimismo, en la sección de judiciales de Madrid y Barcelona, fue enviado especial en numerosos países de Europa y América Latina y fue miembro fundador del primer equipo de investigación de El País en Madrid. En 1995 recibió el Premio Cirilo Rodríguez de Periodismo por su cobertura informativa en Argel, durante la guerra civil de 1990 a 1995. En la actualidad compagina sus tareas periodísticas con la colaboración docente en la Facultad de Ciencias de la Información de la UAB y es miembro de la junta directiva del Institut de Drets Humans de Catalunya.

     

    Un periodista integral

    No lo aparenta. Pero Fernando Sales es un hombre movido por la inquietud de entender, de averiguar. Y, llevado por ella, a lo contrario del vivir sosegado de la costumbre, en la seguridad de lo habitual. Lo explica una primera curiosa formación de tipo multidisciplinar. La naturaleza dispar de estudios en la Escuela Náutica y la Facultad de Derecho de Barcelona.
         ¿Qué buscaba Fernando en estos caminos iniciales? Quien, como yo, le conoció ya profesional maduro en avatares de mucha responsabilidad, a veces de no poco riesgo en la guerra civil de Argelia de los años noventa o en la escalada sangrienta entre israelíes y palestinos de la primera y segunda Intifada, puede dar respuesta a esta pregunta. Sales necesitaba desprenderse de la rutina, ver lo diferente, entenderlo y comunicarlo. Llevaba en el alma la vocación del periodismo más vivo y en directo. La curiosidad por lo diferente, por los lugares y aconteceres en que la historia adquiere un ritmo acelerado, a veces trepidante. Le atraía, por encima de todo, la tarea del corresponsal de prensa en los lugares en donde obtener la información directa, sin filtros ni intermediarios, no suele ser fácil ni cómoda.
         Entonces, Sales había adquirido ya un bagaje propiamente profesional en la Escuela de Periodismo de la Iglesia de Barcelona y la Oficial de Madrid. Y experiencias de muy diversas características en la prensa: publicaciones en el Diario de Barcelona, Mundo Diario, Avui, Tele-Exprés y El Periódico de Cataluña. Pero fue su entrada en El País, donde ha trabajado durante 25 años, y al que todavía está vinculado, la ocasión de que Sales pudiera desarrollar la labor que le ha consolidado como profesional de reconocido nombre. Su último libro, Mohammed VI, el príncipe que no quería ser rey, muestra un profundo conocimiento del reino alauí, así como de las complicadas relaciones de Marruecos con su vecina Argelia en razón del contencioso del Sahara occidental y con los otros países de la UMA, estancada hace años por desacuerdos entre sus miembros.
         Un prestigio singularmente potenciado por sus años de corresponsal en Rabat y Argel y, con posterioridad, en Oriente Medio, especialmente en Jerusalén. Es ahí donde Sales entró a formar parte de una relevante generación de corresponsales y enviados especiales de los grandes rotativos que abrieron al gran público español el conocimiento del mundo árabe y medioriental, así como de la imparable ascensión islamista dentro de él desde los años ochenta del siglo XX. Una amplia área que precisamente ha pasado a primera línea de la actualidad con el apremio de sus múltiples frentes conflictivos. Sales, con Tomás Alcoverro en la avanzada de Beirut, Maruja Torres, Javier Valenzuela, Manuel Leguineche, Ignacio Cembrero, Marc Marginedas y otros, fueron los testimonios de un inesperado giro de 180 grados en la configuración de un panorama mundial condicionado por el conflicto árabe-israelí, las guerras del Líbano, la guerra civil de Argelia, la de Iraq o la revolución islámica de Irán.
    Fernando Sales hizo escuela junto a ellos no sólo por los riesgos asumidos, sino, especialmente, por su honestidad en un trabajo en el que muchas veces la vanidad lleva a destacar más el protagonismo del profesional que el valor intrínseco de la noticia.

    María Dolores Masana Argüelles

    Ver más sobre el autor

Gervasio Sánchez

  • Gervasio Sánchez

    Gervasio Sánchez, imágenes de vivos y muertos

    De Gervasio —no hace falta el apellido para saber de quién se trata— se dice y se repite que es fotógrafo de guerra, que retrata las víctimas inocentes y pone imagen a los conflictos armados. Para una persona tan tierna como Gervas es duro enfrentarse a tanto sufrimiento.
    Este cronista conoció a Gervasio a principios de los años ochenta durante la contienda civil en El Salvador. En aquella década nos encontramos con frecuencia en las montañas de Nicaragua, en los arrabales violentos de Bogotá, en los mercados de Guatemala.
         Gervasio había llegado a Centroamérica con unos pocos dólares en el bolsillo, ganados trabajando como camarero en Salou; el dinero lo estiraba hospedándose en hoteles modestos y comiendo en puestos callejeros. Todo esfuerzo era poco porque estaba ávido por aprender y entender.
    No dejó de sorprendernos que aquel joven apasionado por la fotografía diera prioridad al trasfondo humano de las disputas armadas sobre de las víctimas de los combates. Más que muertos de las guerras, Gervasio recogía imágenes de los vivos. Solía repetir que le interesaban los protagonistas de historias que “tengan un espacio donde llorar y gritar”. Se quedaba conmovido al toparse con un niño, una madre, un anciano con un pie cercenado por una mina o malherido de bala. Para Gervas, la implicación y el compromiso siempre fueron más importantes que la foto impactante. Más allá de las armas, bombardeos, soldados o guerrilleros, pretendía mostrar a los más perjudicados por los conflictos, “a los que la guerra los pasa por arriba sin pedir permiso”. Por todo esto se ha dicho que además de fotógrafo, Gervasio es un activista de los derechos humanos, siempre dispuesto a criticar los intereses infames que alimentan tantos conflictos.
         En Centroamérica nació su aversión a las armas. Las fotos que tomaba, y las historias que había detrás de cada imagen, le hicieron tomar conciencia de la hipocresía de Gobiernos que hablan de paz y de alianza de civilizaciones cuando venden al mejor postor fusiles, ametralladoras, morteros...
         Convertido en fotógrafo de referencia, Gervasio usa su prestigio para denunciar la venta de armas de fabricación española, que han aprobado los presidentes de Gobiernos del PSOE y del PP. En todos los foros expone que se siente escandalizado cada vez que se topa con armas españolas en los olvidados campos de batalla del Tercer Mundo. No se cortó un pelo cuando al recibir el Premio Ortega y Gasset de fotografía puso en su sitio a la vicepresidenta, a ministros y a demás gente con doble moral.
        Gracias a la sencillez baturra que le transmitió Choco, su mujer, Gervasio rehúye lo que pueda contribuir a crear un estereotipo de aventurero intrépido. Desde hace tiempo subraya que los protagonistas de sus imágenes han forjado su senda como fotoperiodista. Además, comenta que el valor de sus historias lo dará la elección de sus temas y la forma de trabajarlos.
         Lleva más de un cuarto de siglo dedicado a recoger testimonios gráficos de los más perjudicados por las guerras, niños en su inmensa mayoría. Además de su hijo Diego, de 11 años, dice tener otros cuatro mutilados por las minas antipersonas: la mozambiqueña Sofía Elface Fumo, el camboyano Sokheurm Man, el bosnio Adis Smajic y la colombiana Mónica Paola Ojeda. En diciembre de 1994 apareció su libro fotográfico El cerco de Sarajevo, resumen de su trabajo en la sitiada capital bosnia entre junio de 1992 y marzo de 1994. Desde entonces ha publicado otros once, entre los que destacan Vidas minadas, Los niños de la guerra y Caravana de la muerte, en los que expone el lado humano del conflicto armado y saca del anonimato a las víctimas civiles.
         Por su compromiso continuado con la foto como herramienta de denuncia de la violencia en conflictos armados, Gervasio fue galardonado con el Premio Nacional de Fotografía, del Ministerio de Cultura. El fotoperiodista se apresuró a dedicar la distinción a sus amigos y compañeros periodistas fallecidos en las guerras y zonas de conflicto en los últimos años.

    Joaquim Ibarz

    Ver más sobre el autor

Fran Sevilla

  • Fran Sevilla

    Fran Sevilla, un ‘vagamundo’ del periodismo

    Fran Sevilla comprendió muy pronto, como él dice, “que las cosas no suceden por generación espontánea”. Tenía sólo 24 años y apenas se había iniciado en el periodismo.
         Aquéllos eran unos tiempos en los que también existía un demonio común. Era la época de la lucha contra el “comunismo expansionista” y en su nombre se ejercían toda suerte de desmanes.
         Ésas eran las consignas que seguía el régimen guatemalteco en su lucha contra la guerrilla. Sevilla recordaba en una entrevista con la publicación Seinforma cómo un acólito del Gobierno de ese país le resumió con toda crudeza la filosofía oficial. Señalando a los volcanes le dijo: “Allí arrojamos a los subversivos desde helicópteros. Esto de los derechos humanos no vale para nada. Si no aparecen, mejor”. La misma ideología que después encontraría en el Paraguay de Alfredo Stroessner o en el Chile que regía la dictadura de Augusto Pinochet.
         Pero el joven reportero descubrió junto a la guerrilla guatemalteca o en la guerra civil de El Salvador que la rebelión que apadrinaban estos movimientos armados “tenía una razón de ser, surgía de la marginación, de la exclusión, de la miseria social”. Fue entonces cuando el periodista asumió una premisa que desde entonces ha marcado su quehacer profesional. “Me di cuenta de que mi compromiso tenía que ser con las víctimas”, asegura.
         Era una época en la que Sevilla —que se había licenciado en Periodismo por la Universidad Complutense de Madrid— viajaba por Centroamérica y el Cono Sur como colaborador polifacético de medios como El País, Tiempo, Interviú, Mundo Obrero, Radio Nacional o Radio Cadena. “Hacía de todo: textos, fotos, crónicas de radio, cualquier cosa que me compraran”, me explicó.
         Una etapa de “hambre y penurias” —rememora con cierta sorna— que concluyó en 1988 cuando entró en plantilla en Radio Nacional de España. Con ese medio de comunicación ha cubierto los principales conflictos de finales del siglo XX, empezando por la primera guerra del Golfo, la desintegración de Yugoslavia o la sempiterna contienda generada por la ocupación israelí de los territorios palestinos, donde ejerció como corresponsal entre 1996 y 2000.
         Sevilla ya lo sabía, pero allí se reafirmó su convicción de que todo periodista especializado en conflictos debe basar su desempeño en dos asignaturas imprescindibles: historia y geografía. “Los alumnos se quedan sorprendidos cuando piensan que voy a hablar del valor o del arrojo que debe tener un periodista, y no. Un corresponsal de guerra tiene que saber de qué está hablando y para saberlo, tiene que estudiar”, afirma.
    Su regreso a Madrid no interrumpió su vínculo con el reporterismo internacional. De hecho retornó muy pronto a los territorios palestinos para asistir a la devastadora ofensiva israelí que intentó aplastar la segunda Intifada (2001-2002), cubrió la guerra de Afganistán (2001) y la invasión de Iraq de 2003.
         Quizá en un guiño a su propia carrera, Sevilla volvió en 2007 adonde había comenzado, a Centroamérica, como corresponsal de su emisora. Desde allí continúa ejerciendo como “vagamundo”, una profesión que según dice él mismo, “no implica deambular de un lugar a otro sin oficio ni beneficio”, sino “empaparse de aquello que uno ve y vive, de todo lo que sale al encuentro”.

    Javier Espinosa

    Ver más sobre el autor

Hermann Tertsch

  • Hermann Tertsch

    Unidos por un piano

    AGF. Creo que entre periodistas y los lectores de prensa, Hermann Tertsch es reconocido como uno de los grandes corresponsales europeos de la transición española. Efe, El País, y ahora ABC, rebosan de sus magistrales crónicas, reportajes vibrantes y cultas columnas de opinión.
         Un día, Hermann, antiguo comunista, cáustico, moral y poco amigo de dimes y diretes, se soltó el moño: “En El País se habla en voz muy baja, como en Hernani...”. Los que conocimos ambos percales, Hernani y El País, recordamos que el pasillo, entre las ventanas y la pecera de la redacción, ha servido para todo tipo de conspiraciones y confidencias entre muchos periodistas. También para intercambiar mensajes clandestinos al cruzarse. ¿Vas a la manifa...?
         Tertsch no señalaba a humo de pajas extremeñas el miedo de los insumisos prisaicos. Se estremecerían ustedes si conocieran los modos inquisitoriales usados con la tímida disidencia en la sede del santuario de la libertad. En El País, en mis últimos tiempos, opinar distinto era tan imprudente como declararse español en una herrikotaberna del Goierri.
         Pero mi mejor recuerdo junto a Hermann durante aquella época no fueron las conversaciones en voz forzosamente baja. Ni una entrevista con Erich Honecker en el siniestro Berlín oriental del muro y los vopos, tampoco la preguerra civil entre serbios y los separatistas albaneses de Kosovo, ni siquiera los mineros rumanos asaltando el Parlamento de Bucarest tras la caída de Ceaucescu.
         Mi mejor recuerdo junto a Hermann Tertsch lo redescubrí no hace mucho, en “Diario de la Noche”, de Telemadrid, cuando entrevistó a la pianista Rosa Torres Pardo, la mejor intérprete del mundo de Albéniz y su Iberia. Me cautivó el diálogo entre la artista y el director del programa. Y, una vez más, me sedujo la sonrisa abierta de la célebre pianista, que me retrotrajo al recuerdo de una noche mágica en el barrio judío de Viena.
          Paseábamos los tres por los feudos austriacos del señor Tertsch cuando doña Rosa se sentó al piano de un abarrotado cafetín y deslizó sus dedos por las teclas. Un torrente de música española apagó los murmullos. Silencio total mientras las notas de Iberia, impresionistas y luminosas, alumbraban el oscuro bareto con brillo mediterráneo. El pasmo de los guirinativos se generalizó cuando Rosa interrumpió la suite de Albéniz y, con el piano y su más bella voz de negra del soul, enloqueció a los presentes por bluses de la Fitzgerald. Aquella noche con Hermann y Rosa, dos inmensos talentazos, me sentí un privilegiado compartiendo entre aplausos una pizca de sus respectivas glorias.
         Admiro a Hermann Tertsch por su sólida trayectoria profesional y recuerdo que Trotsky, en Los crímenes de Stalin, dijo: “El proceso de Moscú deshonra únicamente al régimen político que lo ha engendrado”. Hoy, mi amigo Hermann, es víctima del estalinismo residual. Creo.

    RTP. Aquel frío invierno vienés de 1984 en que conocí a Hermann, pude acercarme mejor a esa desconocida y fascinante ciudad dada la familiaridad que él tenía con aquel lugar.
         Hermann, en nuestro pequeño círculo de amistades, era un vínculo entre dos mundos tan opuestos como el austriaco y el español, porque él pertenecía a ambos mundos por igual.
         En una ciudad donde sólo para pedir disculpas había que decir “entchuldigung”, algunos de sus amigos —unos cuantos éramos estudiantes— éramos conscientes del mérito que tenía ser tan joven y estar trabajando ya como corresponsal de España en Austria, primero con Efe y después con El País, y siempre, siempre, denunciando de forma radical los atropellos a los derechos humanos.
         Aquellos años transcurrieron rodeados de mucho estudio y trabajo, pero también con muchas escapadas en las que Hermann estaba casi siempre, excepto cuando debía salir para hacer una entrevista o cubrir alguna noticia a Varsovia, a Budapest o a cualquier país al otro lado del “telón de acero”.
         Después de cumplidas sus obligaciones que para él eran lo primero, empezaban las escapadas al café bar Broadway, pequeño templo de música y fiesta que regentaban unos amigos húngaros, Marta y su marido pianista Bela Koreny, que siempre era uno de nuestros lugares de encuentro.
         Estoy convencida de que Viena sin Hermann Tertsch hubiera sido muy distinta, porque allá donde iba imprimía su carácter.
         Aquel tiempo de juventud ha pasado y ahora Hermann, además de haber publicado varias novelas con éxito, es un periodista brillante que ha alcanzado los niveles más altos de su profesión desde que fue subdirector del periódico El País hasta en la actualidad como columnista de ABC y presentador de un telediario de la televisión madrileña.
         Y la amistad continúa.

    Rosa Torres Pardo y Alfredo García Francés
    (Suite amistad a cuatro manos)


     

    Ver más sobre el autor

Libros relacionados